No confundas una buena decisión con un buen resultado

Un delantero recibe el balón, ve el hueco, dispara a puerta… y la pelota se estrella en el palo. «¡Menudo paquete!», grita la grada. Pero espera ¿el disparo ha sido una mala decisión, o era una buena pero con mala suerte? Casi siempre juzgamos la decisión mirando sólo el resultado.

A ese error, Annie Duke —campeona mundial de póquer reconvertida en experta en decisiones— lo llama «resulting»: juzgar la calidad de una decisión únicamente por cómo salió. En su libro Pensar en apuestas nos que recuerda que, en la vida como en el póquer, el resultado depende de dos cosas: la calidad de tu decisión y la suerte. Confundirlas te lleva a castigar aciertos que salieron mal y a premiar imprudencias que salieron bien.

En el mundo del deporte se saben muy bien esta lección. Por ejemplo, en el fútbol hoy ya se mide el xG, los goles esperados: la probabilidad de que una ocasión acabe en gol. Con esa métrica, un delantero que genera grandes oportunidades no es un “paquete” aunque un día no marque; ha tomado buenas decisiones y el gol acabará llegando. Se evalúa el proceso, no el rebote afortunado.

Lo mismo hacen los buenos inversores cuando valoran si la decisión tomada fue sensata con la información disponible, no sólo miran si el mercado les dio la razón.

En tu empresa pasa cada día. Ascendemos al comercial que cerró un pelotazo, quizá con un golpe de suerte, y crucificamos al que perdió una operación bien planteada. Separar la decisión del resultado es lo que nos permite aprender de verdad.

Y hay un hábito pequeño que te puede ayudar: antes de decidir piensa y escribe las razones que te llevan a tomar una decisión. Al revisarlas “a posteriori”, podrás evaluar la calidad de tu razonamiento y no el azar.

Un buen resultado no siempre es mérito nuestro.

Y un mal resultado no siempre ocurre por nuestra culpa.

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